¿Cómo saber si tu familia es tóxica?
On September 10, 2016 | 0 Comments

 

Los padres tóxicos generan familias disfuncionales que básicamente se caracterizan por cuatro características básicas:

  1. Amalgamiento de la familia. “Amalgamar” significa entremezclar, simbiotizar. Esta característica es contraria a la individualidad. Una familia amalgamada es una familia en donde no existe respeto al individuo y los padres pueden meterse en la vida de los hijos decidiéndolo todo. Es exactamente lo contrario de “confiar y dejar vivir en plenitud”. Este patrón de conducta disfuncional impide la formación de una personalidad sana, ya que inhibe el espacio vital físico, psicológico y espiritual de una persona.

El concepto de “estar juntos” no por gusto sino por obligación, es diferente al concepto de una familia unida, en donde existe apoyo y respeto a las necesidades individuales.

El otro extremo, disfuncional también, es la indiferencia, que es también sumamente dañina y que suele manifestarse en los estratos sociales muy bajos o bien muy altos. No hay contacto emocional o bien por el exceso de trabajo y carencias económicas, o por la gran cantidad de “vida social” y eventos en los que se ve inmersa la familia.

  1. Rigidez. Consiste en el establecimiento de reglas que no admiten posibilidad de cambio y que se establecen arbitrariamente para todos los miembros de la familia, exceptuando probablemente a quien las impuso.

Algunas de las consecuencias de la rigidez son la rebeldía contra todo y contra todos, la frustración, el resentimiento y la incapacidad de elaborar un criterio elástico de acuerdo a las circunstancias. Debemos pensar que los hijos son como los cinco dedos de una mano, los cuales a pesar de pertenecer a la misma extremidad, son diferentes entre sí, por lo que sería absurdo pretender que un mismo anillo les quedara a todos. A uno le quedaría bien, a otro no le entraría y a otro más le quedaría flojo.

El extremo contrario, patológico por lo mismo, es la falta de límites, que es destructiva pues no existe ningún tipo de contención emocional y por lo tanto, genera en un hijo la sensación de no ser contenido ni protegido.

  1. Sobre protección. Consiste en generar dependencia y terminar por “lisiar” a una persona emocionalmente. La sobre protección es la equívoca actitud de pretender resolver todos los problemas del sistema familiar.

Es terrible rescatar a un hijo de cualquier contratiempo y estar continuamente sobre de él, indicándole lo que debe o no debe de hacer, quitándole la oportunidad de aprender a resolver sus problemas por sí mismo a través de sus experiencias agradables (aciertos) y negativas (errores), y a bastarse con sus propios recursos, sin tener que estar dependiendo siempre de los padres.

Esto generalmente brinda al padre o la madre “ganancias secundarias”, que consisten en la necesidad de sentirse útiles, necesidad que satisfacen mientras el hijo depende de ellos. Así controlan su vida aún en la edad adulta.

Este patrón disfuncional impide que el ser humano se desarrolle en su totalidad, limitando sus experiencias, el desarrollo de la capacidad intelectual, el desarrollo de la autoestima; fomentando la inseguridad ante la vida y los problemas; impidiendo el desarrollo del instinto de agresión, necesario para saber luchar, defenderse y competir. Todo lo anterior genera miedo y una gran sensación de inadecuación en el mundo. (Sentir que no existe la posibilidad de sobrevivir por uno mismo en el mundo).

El polo opuesto, es el “soltar totalmente” a un hijo, cuando no tiene las herramientas necesarias para defenderse en el mundo.

  1. Evitación del conflicto. Es la más importante ya que esta característica es la más dañina, al grado de que aún existiendo las otras características, si la familia pudiera hablar de lo que siente, discutir su problemática y existiera comunicación emocional sin restricciones verbales, esta familia podría relacionarse de manera sana.

Una familia que evita el conflicto, en donde no existen enfrentamientos y no se habla de las situaciones dolorosas, razón por la que no se ventilan los problemas reales, genera una carga emocional que se convierte en una “bomba de tiempo”, y que termina por explotar en el momento menos esperado.

Es como si hubiera un “rinoceronte en la sala”, todos viven la tensión de su existencia pero nadie habla de ella. Se vive con gran tensión, pero todos actúan como si “todo estuviera bien”. Así, se habla de temas intrascendentes, o se vive un gran silencio, pero nadie se atreve a manifestar lo que está amenazando a la integridad de la familia. Todos fingen no ver al rinoceronte. Las consecuencias de no hablar de los problemas profundos, de los secretos, del dolor emocional, porque al acortarse la comunicación se evita la intimidad, es el resultado de miembros familiares que son ajenos y extraños entre sí.

Es común que los conflictos se evadan con el uso de la televisión, con los juegos de video o bien mediante el hablar de la vida de los demás, y no de la problemática que se está viviendo en casa.

Cuando un niño en este tipo de familia pregunta la verdad sobre “el dragón”, se le oculta la verdad, y con ello aprende a evadir y a negar la realidad. Por lo que el niño genera la creencia de: “Mi percepción acerca de la realidad está equivocada”. Así, aprende a ignorar la realidad o a buscar soluciones con bases falsas o irreales.

El extremo de esta característica es el cinismo. El mencionar los temas con crudeza y sin empatía, sin deseo verdadero de buscar una solución o sin tomar en cuenta la edad de los hijos, dándoles información que no pueden manejar.

El proceso de ir creando la propia individualidad e ir separándonos de los padres alcanza su pico más alto en la adolescencia, donde abiertamente confrontamos los valores, los gustos y la autoridad parental. Es un proceso normal y natural. En una familia razonablemente estable, los padres permiten que sus hijos vayan eligiendo su propio camino y toleran la ansiedad de que “no siempre cumplan las propias expectativas”. Así, los padres fomentan que el adolescente vaya “encontrando su camino en el mundo” y permiten y propician su autonomía.

Los padres entienden la magnitud de la crisis de la adolescencia, y la toleran brindando apoyo y estabilidad emocional con límites razonables y congruentes para la edad de sus hijos.

Los padres tóxicos no son tan tolerantes. Ellos perciben el proceso de adquisición de individualidad y autonomía de los hijos como una rebelión y un ataque personal; por lo tanto, responden al proceso de búsqueda de identidad e individualidad por parte de los hijos de manera negativa, reforzando la dependencia de los mismos, minimizándolos, humillándolos y sometiéndolos, generando en ellos sentimientos profundamente destructivos y dolorosos. Los padres lo hacen creyendo que hacen lo mejor para sus hijos, justificando que están “forjando un carácter” o “enseñando a lidiar con la realidad de la vida”. Sin embargo, esta constante represión en realidad es un arsenal de sentimientos negativos, una constante amenaza a la autoestima de sus hijos y un sabotaje constante al proceso natural y sano de independencia e identidad propia.

No importa cuánta razón crean que tienen este tipo de padres tóxicos, el “yo” de sus hijos se lastima, propiciando en ellos relaciones enfermizas y destructivas.

Así, el hijo de padres tóxicos está a merced del yugo de ellos, no puede liberarse del “dios antiguo que todo lo decide” y por lo tanto, pierde la esperanza de construir por sí mismo una vida mejor. El hijo de padres tóxicos aprende que cualquier intento de autonomía, será interpretada como una falta grave y existirá por lo tanto una reprimenda importante, por lo que acaba sometiéndose a los deseos de sus padres o bien, a rebelarse contra ellos de manera tóxica y autodestructiva. El miedo constante a la represalia se arraiga en el cuerpo, en el alma del niño y ante cada situación de conflicto, aun cuando el niño se haya convertido en un adulto, lo paralizará y lo llevará a enfrentarlo de manera patológica. Este es el principal legado de un padre tóxico.

Conforme la autoestima del niño disminuye, su dependencia emocional aumenta, y con ella, su creencia de que no puede sobrevivir solo en el mundo.

Desgraciadamente, como las conductas enfermizas de los padres se mezclan con el amor y la sensación de lealtad que los hijos tenemos hacia ellos, en el fondo, como niño y adolescente necesitamos justificar a nuestros padres y asumimos la responsabilidad de su comportamiento, a pesar de que sus acciones sean altamente destructivas e irracionales.

Una familia sana nos enseña a amar con respeto, responsabilidad, libertad y honestidad. Los padres disfuncionales, los tóxicos, nos enseñan a depender, a someternos a sus deseos, a mentir, a negar nuestros sentimientos, a ser demandantes con los demás y a lastimar la integridad de los demás, justamente como fuimos lastimados en la infancia.

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